Carlos Mora Vanegas

"El hombre es amo de lo que calla, y esclavo de lo que dice."

Ambas palabras encierran muchos aspectos trascendentales, que no pueden ignorarse, más cuando ya estamos manifestados, utilizando una forma perecedera, como es el cuerpo que se nos ha prestado a fin de identificarnos en esta dimensión.

 Mucho se ha escrito al respecto de diferentes perspectivas, desde lo biológico, físico, filosófico, religioso, lo cierto, que son realidades que se manifiestan, que de acuerdo a nuestro despertar podemos adentrarnos en su esencia, lo que encierra, lo que nos aportan.

 Concientemente no sabemos cuando hemos decidido nacer, simplemente aparecemos producto de la unión de dos seres , que se unen, y nos procrean, engendran y aparecemos en un lugar de este planeta, que hemos denominado país y que ya se tiene identificado, que de acuerdo a las leyes humanas se nos da esa nacionalidad del país, con todos sus derechos, pero ignoramos, si realmente permaneceremos en él, si emigraremos, viviremos en otro y hasta morimos fuera de él.

Ya el hecho de presentarnos físicamente en este plano, con la forma que tenemos, sexo definido, ya es un misterio, que nos invita a descifrarlo, indagar el por qué de ello. Cuál es la razón del por qué estamos, nuestra misión, servicio, más cuando nos detenemos a  indagar quiénes son nuestros padres, por qué nacimos de ellos, cuál es su explicación, quienes son nuestros hermanos, familia,  y otros factores que no puede eludirse, como el ya citado, por qué en ese país específico en donde no permaneceremos mucho tiempo, o quizás siempre, mientras se nos de vida.

 A todo ello, se agrega el otro aspecto significativo, que no sabemos cuanto tiempo viviremos, si , hay la certeza, de que  un día específico ya no estaremos, quizás moriremos en otro país distinto en donde nacimos, no sabemos a que edad, ni cuando específicamente, ni como moriremos, grandes incógnitas que cuesta descifrar por la vía racional, apoyado en nuestra lógica, aunque mucho se han atrevido a dar repuestas amparados  en la mente espiritual, considerando que el espíritu nunca muere, es decir, la energía divina que  actúa en el cuerpo físico es eterna , simplemente se transforma,  y siempre esta lista para ubicarse en la materia que le permita desenvolverse en pro de su evolución.

En el viaje de Riddhi, se señala, que "Nacer es comenzar a morir. Lo que hagamos mientras, dictará nuestro destino y quizás, quién sabe, nuestra próxima experiencia de vida... Este es el sentido de los ciclos inmutables en el mundo de las formas: nacer y morir en un infinito vacío que contiene un todo eterno."

Nos aporta, elviajederiddhi.wordpress.com además, que consideremos, que  toda persona se encuentra en cada instante en un permanente proceso de muerte y resurrección; en pequeño matices nunca somos los mismos. Nuestro cuerpo está renovándose constantemente a nivel celular. Cada noche, al caer en el sueño, "muere" nuestra presencia consciente, aunque la dejemos ir gustosos con la certeza de que "resucitará" al día siguiente, trayéndonos consigo una sensación de renovada fortaleza. Y sin embargo, hay algo inefable que constituye la esencia de nuestro ser y que no muere jamás... Ni en sueños.

Quizás gran parte del secreto de la felicidad consista en aprender a aceptar la transitoriedad de nuestras vidas. No es casual que las personas que han experimentado la inminencia de la muerte se vuelvan más lúcidas y reduzcan a lo esencial sus valores, dejando a un lado lo que normalmente consideramos aspectos importantes en la personalidad. Se liberan del miedo a morir, despertándose en ellos un desinterés por todo lo que -mirado con desapego- no deja de proceder de un temor que surge al ignorar nuestra naturaleza esencial. De esa ignorancia nacen las tres preguntas que todas las generaciones se han planteado en algún momento: de dónde venimos, quiénes somos y adónde vamos. Quien ha experimentado en sí la evidencia de la muerte, hallará su respuesta a la segunda pregunta; las otras, conocida ésta, se responden por sí solas.

En el conocido símbolo del yin-yang se expresa bellamente la unidad existente en la aparente dualidad de los contrarios en el mundo de las formas. Esa unidad, observada desde un punto de vista científico, bien pudiera ser denominada energía. La muerte, desde esa perspectiva, significaría la desintegración de la estructura orgánica que constituye cualquier entidad corporal: llegado el momento de la muerte, el orden estructural se desmoronaría, liberándose la energía que mantenía compacta la unidad de la forma como un todo independiente, y disgregándose de nuevo en la materia todos sus elementos.

Se agrega además, que desde la perspectiva "espiritual", morir es transitar desde la conciencia que se autoidentifica como una personalidad que interactúa en el plano material por medio de un cuerpo y una mente, hacia la Conciencia Pura (hacia el Vacío potencial que asienta el Todo manifiesto de las "diez mil cosas"...) Expresado con la belleza visual de la metáfora de la gota de agua que desaparece en el mar, morir es desaparecer como aparente individualidad, fundiéndonos en la Unidad, en la Fuente de la que mana y retorna todo lo manifiesto. Según afirman los sabios espirituales, este proceso puede ocurrir estando en vida corporal, por decirlo así. De igual modo, la muerte física no implica necesariamente el tránsito inmediato a la Conciencia Pura (generalmente, por apegos intensos al plano de manifestación material).

Pero volviendo a la Tierra... la muerte del cuerpo es el único hecho que resulta para todos una realidad incuestionable. La intensidad con que nos aterra esa realidad incuestionable (nuestra transitoriedad corporal) afecta muchísimo a nuestro paso por la vida; normalmente, mucho más de lo que estamos dispuestos a darnos cuenta. La mayoría de los miedos, si no todos, tienen a la muerte como germen. Aceptarla profundamente como una realidad que todos experimentaremos en su momento, nos liberaría de bastantes temores cotidianos que ni por asomo asociaríamos con ella.

Definitivamente, es importante adentrarse en lo que representa el nacer, determinar su alcance, el por qué nos manifestamos, cuál es nuestro rol con esta forma física, que aprendemos de ello y estar plenamente conciente de que somos transitorios, que no podemos dejarnos atrapar por la dependencias, condicionamiento, que somos libres  y que  debemos desempeñarnos correctamente,  mientras tengamos vida en todo aquello que nos ayuda a crecer  y aprovechar la potencialidad que se nos da al darnos la oportunidad de vivir, independientemente del lugar en donde actuamos. Debemos estar atento a los signos y señales que la vida nos genera, y actuar de tal forma que siempre mantengamos la armonía, felicidad en  favor de nuestro espíritu.

 También debemos estar preparados, sin temor, miedo a la realidad del encuentro con la muerte, de abandonar nuestro vehículo físico y simplemente saber que mientras permanecimos actuamos en lo correcto, crecimos, alimentamos al espíritu y le proporcionamos evolución. Se nos dice, que aprender a aceptar la muerte con respeto más que con miedo o resignación es una vía profunda y reconocida de valorar el fenómeno de la existencia. La vida no es de nadie -ni tan siquiera la nuestra nos pertenece. No nacemos ni morimos a la vida: Nacemos y morimos en la Vida -y ésta, por medio nuestro, se recrea.